El interés actual por la evaluación de los sistemas educativos
Sin necesidad de remontarse a las primeras etapas en
el desarrollo de la evaluación como disciplina y como práctica
profesional, baste recordar el fuerte impulso que recibió en los
Estados Unidos durante los años sesenta, primero como consecuencia
de la aprobación de la Primary and Secondary Education Act
en 1965, gracias a una enmienda encaminada a asegurar la evaluación
de los programas puestos en práctica en aplicación de la
misma, y posteriormente bajo la influencia de los debates generados por la
publicación del Informe Coleman, en 1968. La demanda de respuestas
objetivas y fiables a las cuestiones suscitadas acerca del sistema
educativo estadounidense favoreció la canalización de
notables recursos económicos hacia las actividades de evaluación,
produciendo como consecuencia un gran impacto sobre su desarrollo académico
y profesional. La evaluación educativa experimentaría así
un apreciable desarrollo a partir de finales de la década de los
sesenta, cuya influencia se haría sentir progresivamente en otros
países.
Mientras en los Estados Unidos se producía
ese proceso, en el ámbito internacional se ponían en marcha
otras iniciativas que se orientaban en la misma dirección. Entre
ellas cabe destacar, por su envergadura y por su extensión temporal
y geográfica, la constitución de la International
Association for the Evaluation of Educational Achievement (I.E.A.),
dedicada a promover y realizar estudios internacionales de evaluación
educativa (Degenhart, 1990). Su noción del mundo como un «laboratorio
educativo», cuya formulación se debe en buena medida a Torsten
Husen, se reveló fructífera y capaz de inspirar un
importante número de proyectos. El interés antes mencionado
por la evaluación se ha manifestado también en este ámbito:
si en los primeros estudios realizados en los años sesenta y
setenta el número de participantes oscilaba entre seis y quince países,
en los más recientes (Reading Literacy Study y Third
International Mathematics and Science Study) toman parte entre treinta
y cuarenta. No es casual que la práctica totalidad de los países
desarrollados participen en la Asociación.
Otro elemento en apoyo de esta observación
acerca del creciente interés por la evaluación de los
sistemas educativos se encuentra en la experiencia de construcción
de indicadores internacionales de la educación por la Organización
para la Cooperación y el Desarrollo Económico (O.C.D.E.). Así,
en los años setenta dicha organización, que agrupa a los países
con economías más desarrolladas, inició un proyecto
con esa finalidad, en conexión con un intento más ambicioso
de construcción de indicadores sociales cualitativos, que se saldó
con un relativo fracaso. Las limitaciones del proyecto, las fuertes críticas
que recibió y la parquedad de sus resultados demostraron su carácter
prematuro (Nuttall, 1992). Sin embargo, a finales de los años
ochenta, la O.C.D.E. retomó la idea y puso en marcha el Proyecto
denominado INES, de Indicadores Internacionales de la Educación,
que ha alcanzado un eco considerable. Hasta el momento, el proyecto ha
producido tres volúmenes de indicadores bajo el nombre de Education
at a Glance / Regards sur l’éducation, un conjunto de
publicaciones de carácter teórico-práctico que
incluye las visiones más actuales sobre la construcción y el
cálculo de indicadores en diversos dominios educativos, además
de originar una amplia red de especialistas y un conjunto relevante de
conocimientos (CERI, 1994).
La experiencia de un buen número de países
confirma lo que los anteriores ejemplos no hicieron sino esbozar. Así,
desde finales de los años ochenta y durante los noventa se han
puesto en marcha mecanismos institucionales, centros u organismos de
evaluación de los sistemas educativos de países como
Francia, Suecia, Noruega, España, Argentina o Chile; se han
desarrollado planes sistemáticos de evaluación en el Reino
Unido, Holanda, Francia, Argentina, Chile, República Dominicana o México;
se han elaborado indicadores nacionales de la educación en Estados
Unidos, Francia, Dinamarca o Suiza. Aun sin ánimo de ser
exhaustivos, se comprueba fácilmente que el interés a que
antes se aludía no deja de extenderse por regiones muy diversas.
También los organismos internacionales han reaccionado a dicho
ambiente, poniendo en marcha programas vinculados al desarrollo de las políticas
de evaluación educativa. Tanto la ya mencionada O.C.D.E. como la
UNESCO, la Unión Europea o la Organización de Estados
Iberoamericanos, OEI, han traducido dicho interés en proyectos
concretos.
Esta evolución y esta expansión han
implicado importantes transformaciones en la concepción y en la práctica
de la evaluación. En primer lugar, habría que hablar de
cambios conceptuales, entre los que el ejemplo paradigmático es la
sustitución de nociones monolíticas por otras pluralistas, y
el abandono de la idea de una evaluación libre de valores. En
segundo lugar, podemos referirnos a cambios metodológicos,
caracterizados por la creciente tendencia a la integración de métodos
cuantitativos y cualitativos. En tercer lugar, deben mencionarse los
cambios en la utilización de la evaluación, con mayor énfasis
en la concepción «iluminativa» que en la instrumental y
la insistencia en el carácter político de aquélla. En
cuarto y último lugar, pueden señalarse algunos cambios
estructurales, caracterizados por una creciente inclusión de la
evaluación entre los mecanismos de gestión de los sistemas
educativos, una ampliación de sus ámbitos de cobertura y una
mayor interdisciplinariedad (House, 1993).
En conjunto, todo ello pone de manifiesto un fenómeno
nuevo que podríamos formular como la extensión de un interés
creciente por la evaluación de los sistemas educativos, y que ha
producido como efecto una rápida evolución de la evaluación
entendida como disciplina científica y como práctica
profesional. Un observador tan cualificado como E.R. House confirmaba de
manera muy gráfica el cambio registrado:
| «Cuando comencé mi carrera en evaluación hace más de veinticinco años, reuní todos los trabajos que pude encontrar en una pequeña caja de cartón en un rincón de mi despacho y los leí en un mes. Desde entonces, la evaluación ha pasado de ser una actividad marginal desarrollada a tiempo parcial por académicos a convertirse en una pequeña industria profesionalizada, con sus propias revistas, premios, reuniones, organizaciones y estándares». (House, 1993:1) |
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