El problema de la calidad en el
primer plano de la agenda educativa.
El artículo 4º de la Declaración Mundial sobre
Educación para Todos de Jomtien, titulado «Concentrar la atención en el
aprendizaje», es más que elocuente al respecto:
«Que el incremento de las posibilidades de educación
se traduzca en un desarrollo genuino del individuo y de la sociedad depende en
definitiva de que los individuos aprendan verdaderamente como resultado de esas
posibilidades, esto es, de que verdaderamente adquieran conocimientos útiles,
capacidad de raciocinio, aptitudes y valores. En consecuencia, la educación
básica debe centrarse en las adquisiciones y los resultados efectivos del
aprendizaje, en vez de prestar exclusivamente atención al hecho de
matricularse, de participar de forma continuada en los programas de instrucción
y de obtener el certificado final. De ahí que sea necesario determinar niveles
aceptables de adquisición de conocimientos mediante el aprendizaje en los
planes de educación y aplicar sistemas mejorados de evaluación de los resultados»1.
Es así que el concepto de calidad ha pasado a estar
en el primer plano de la agenda educativa y a cobrar una mayor atención por
parte de los actores políticos, sociales y económicos. En ese sentido, se puede
afirmar que, de la misma manera que la utopía de la universalización de la
escuela primaria generada a fines del siglo XIX fue la base sobre la que se
construyeron los sistemas educativos de la región a lo largo del siglo XX,
sobre el final de éste parecen estar dadas las condiciones para el surgimiento
de una nueva utopía, la de brindar una educación de calidad en condiciones de
equidad, utopía que podría constituirse en la idea-fuerza aglutinadora de los
consensos sociales y políticos indispensables para el desarrollo de nuestros
sistemas educativos en el próximo siglo.

Distintos enfoques de la calidad
El significado atribuido a la expresión «calidad de
la educación» incluye varias dimensiones o enfoques, complementarios entre sí.
Un primer sentido del concepto es el que surge por
oposición a los fenómenos de vaciamiento anteriormente anotados. En este
sentido la calidad es entendida como «eficacia»: una educación de
calidad es aquella que logra que los alumnos realmente aprendan lo que se
supone deben aprender -aquello que está establecido en los planes y programas
curriculares- al cabo de determinados ciclos o niveles. En esta perspectiva el
énfasis está puesto en que, además de asistir, los niños y adolescentes
aprendan en su paso por el sistema. Esta dimensión del concepto pone en primer
plano los resultados de aprendizaje efectivamente alcanzados por la acción
educativa.
Finalmente, una tercera dimensión es la que refiere
a la calidad de los «procesos» y medios que el sistema brinda a los
alumnos para el desarrollo de su experiencia educativa. Desde esta perspectiva
una educación de calidad es aquella que ofrece a niños y adolescentes un
adecuado contexto físico para el aprendizaje, un cuerpo docente adecuadamente
preparado para la tarea de enseñar, buenos materiales de estudio y de trabajo,
estrategias didácticas adecuadas, etc. Esta dimensión del concepto pone en
primer plano el análisis de los medios empleados en la acción educativa.
Obviamente las tres dimensiones del concepto son
esenciales a la hora de construir un sistema de evaluación de la calidad de la
educación.
La puesta en primer plano del problema de la
calidad de los aprendizajes torna absolutamente insuficientes los indicadores
tradicionalmente empleados para evaluar el desempeño de los sistemas
educativos: evolución de la matrícula, cobertura, repetición, deserción, etc.
Dichos indicadores respondían al supuesto implícito de que dentro de la escuela
se aprendía, supuesto que ha dejado de tener vigencia.
En el pasado se presuponía la calidad de la
enseñanza y el aprendizaje dentro del sistema. Se presuponía que éstos
básicamente ocurrían dentro del sistema y efectivamente así era. Se daba por
sentado que más años de escolaridad tenían necesariamente como consecuencia
ciudadanos mejor preparados y recursos humanos más calificados y productivos.
Del mismo modo en el plano político se postulaba que más años de educación
significarían más democracia y participación ciudadana. El sistema educativo
era una suerte de «caja negra»: lo que sucedía en su interior no era objeto de
análisis, bastaba con preocuparse de que la población accediera.

La práctica de la evaluación en
los sistemas educativos
En este punto cabe detenerse en una serie de
consideraciones sobre la evaluación en los sistemas educativos. Además de la
información sobre matrícula, repetición y deserción, la única forma de
evaluación que se practica en la mayoría de los sistemas educativos de la
región es la que efectúa el docente sobre el desempeño de sus alumnos. Existen
también evaluaciones del desempeño de los docentes por parte de inspectores o
supervisores, que suelen ser sumamente esporádicas y, o bien tienen el carácter
de un trámite administrativo, o bien se reducen a un conjunto de
recomendaciones de carácter artesanal por parte del supervisor al docente -si
bien es justo reconocer que pueden existir excepciones, esta suele ser la
práctica corriente-.
Con la masificación de los sistemas educativos
dicho supuesto ha dejado de cumplirse radicalmente. En la medida en que el
sistema enseña con un cuerpo docente de formación muy heterogénea y que enseña
a un alumnado de extracción sociocultural también muy heterogénea, inevitablemente
las evaluaciones del rendimiento individual obedecen a criterios y niveles de
exigencia también diversos. La alta heterogeneidad de las evaluaciones
efectuadas por los docentes obedece simultáneamente a múltiples razones:
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a) Es bastante común que los docentes empleen las
calificaciones no sólo para evaluar el rendimiento del alumno sino, además,
como instrumento de control disciplinario, calificando con una nota más alta
a alumnos cuya conducta en clase consideran adecuada y que apliquen
calificaciones más bajas a aquellos alumnos cuyo comportamiento perturba el
clima en el aula.
b) Del mismo modo, muchos docentes utilizan la
calificación para estimular el esfuerzo realizado por alumnos con mayores
dificultades, independientemente de los logros alcanzados. Sin poner en tela
de juicio la legitimidad pedagógica de tal procedimiento, lo que interesa
destacar es que la evaluación realizada por el docente a través de la
calificación no refleja necesariamente los niveles de aprendizaje alcanzados
por los alumnos.
c) Por otra parte, los procedimientos empleados
para la evaluación no siempre son sistemáticos. En general predomina la
evaluación del tipo «juicio de experto», llevada adelante mediante
procedimientos artesanales.
d) A ello se agrega el alto grado de generalidad
que suele caracterizar a los objetivos programáticos y la inexistencia de
metas de aprendizaje claramente definidas en términos de competencias
cognitivas a desarrollar y susceptibles de ser evaluadas.
e) Finalmente, cabe destacar de manera especial
que, en general, se produce un fenómeno de adecuación de los niveles de
exigencia académica a las características socioculturales de la población
atendida. Cuando el docente percibe que sus alumnos, debido a su situación
socioeconómica y cultural, mayoritariamente no logran alcanzar ciertas metas
de aprendizaje, opta por ser menos exigente, permitiendo la promoción para
evitar una probable deserción.
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(1)Declaración
Mundial sobre Educación para Todos, artículo 4º.; Jomtien, Tailandia, 1990.

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